| Hay
que llamar la atención, no sólo sobre aquellos
profesionales de "relumbrón" (como dijo Lendoiro)
que viven o nacieron en Móstoles, sino también
de aquellas personas que se dedican al deporte de manera desinteresada
y altruista, y a los que más de un año tras
año, les debe muchas cosas aunque ellos jamás
pedirán nada a cambio (ni siquiera que se acuerden
de ellos).
Ese entrenador en la sombra, que lo da todo pos sus jugadores
esperando tan solo que se aficionen al deporte.
Este es el caso de Daniel Gallego, un caso tan peculiar como
atípico, y es que es todo un entrenador con titulación
de grado Superior en baloncesto, que pudiendo entrenar u ocupar
cualquier cargo en otro equipo, digno de su preparación
y experiencia, nos dio una lección de humildad cuando
hace ya tiempo unos años, prefirió emplear más
tiempo del que tenía a los equipos municipales de baloncesto
de Parque Coimbra, con su gente, que le aportan la satisfacción
de poder enseñar, a aquellos que saben poco o más
bien nada de baloncesto, para que puedan competir, jugar,
ganar o perder (eso da igual), pero en definitiva aprender
e iniciarse en el largo camino del baloncesto, cosa de la
que nadie puede negar que consigue.
Todos deberíamos tomar nota, y ser tan cercanos como
este tipo del que nadie tendrá jamás queja,
porque ha demostrado que es un entrenador de verdad, que como
él mismo dice: "se viste por los pies". |
El
momento más..., un segundo!! ¿ cómo definirlo?
¿ cómo explicar una emoción y unas sensaciones
tan ingrávidas, un sobresalir de ti mismo?.
Podríamos decir, coloquialmente hablando claro, que
ese momento, ese "subidón" en mi carrera
deportiva
como competidora no fue aquel en el que las notas del himno
español chocaron en mis oídos, como muchos dijeron,
o aquel en el que el pabellón se alzó para vitorear
unas ejecuciones sobre el tatami al grito de " ¡Olé!!",
gracias a los cuales nuestra exposición engrandeció,
no, tampoco aquella medalla que, si bien guardo con todo cariño,
no es sino un símbolo material de un instante de grandeza,
cuando la grandeza debería ser eterna, y humilde, y
llevarse en el corazón, siempre. No.
Mi verdadero momento fueron las lágrimas, pocas y sinceras
( no se necesitan más), de un MAESTRO que no requiere
presentación porque toda esta familia del Ju Jitsu
conoce. Lágrimas que se curtieron con horas de entrenamiento,
de sacrificio, de trabajo duro.
Lágrimas que hablaban de los días de tensión
acumulados cuando entrenador y competidor coordinaban un esfuerzo
para llevarlo a su máxima y aún a más
si cabía, siempre a más. Lágrimas que,
aún ya antes, fueron derramadas, mejor dicho, estallaron
en el frío hogar de un gimnasio por las controversias
llevadas a cabo entre ambos, ya que no siempre acordaban la
misma ejecución de un ejercicio.
Lágrimas que se tornaban en risas con el apoyo incondicional
de los compañeros de fatigas, los de siempre, los de
ahora, los que insistían e insisten en hacer del entrenamiento
una pausa de la obligación más debida. Lágrimas,
abrazos, alborozo, saltos de alegría, más saltos,
más lágrimas, más abrazos... y alguna
que otra proyección de enhorabuena, ¡¡
que también cayó!!! ( recuerdo perfectamente
verme sorprendida por un tai-otoshi que, vulgarmente dicho,
¡¡ casi me desloma!!). Todo esto os parecerá
sencillamente una cursilería y posiblemente lo sea,
yo lo sé, lo es, pero mi única pretensión
ha sido premiar con estas líneas a todos los entrenadores,
y muy, MUY EN ESPECIALA UNO porque... lleguen o no a llorar
por un resultado, sea el resultado que sea, su constante trabajo
e imbatible confianza recíproca para con el competidor
hacen posible todo. Todo... menos lo inexpresable del sentimiento
que he intentado plasmar en este modesto artículo. |